“Cuando el dictador militar Augusto Pinochet, al verse presionado por la comunidad internacional, convoca un plebiscito ciudadano en torno a su permanencia en el poder en 1988, los líderes de la oposición persuaden a un atrevido y joven creativo de publicidad, René Saavedra (Gael García Bernal), para que encabece su campaña. Con recursos limitados y bajo el constante escrutinio de los vigilantes del déspota, Saavedra y su equipo conciben un audaz plan para ganar la elección y liberar a su país de la opresión.” nolapelicula.cl

La fuerza del “no” es histórica. Dolores Ibárruri Gómez (conocida por su discurso anti-franquista : “No pasarán”, miembro del PCE, Dolores Ibárruri Gómez nació en 1895 y murió en 1989, catorce años tras la muerte de Franco), ya lo había enseñado. La confrontación está en su paroxismo cuando dos bloques se enfrentan, uno al favor del “sí”, otro del “no”.

En 1973, Augusto Pinochet logró un golpe de estado frente el presidente Salvador Allende. Empezaron años de dictadura. Balance : más de 3200 muertes y “desaparecidos”, 38000 torturados y unas centenas de miles de exiliados. La constitución chilena establecida en 1980, permitía un plebiscito que debía ser llevado a cabo en 1988 con el objetivo de aprobar o rechazar el candidato elegido por los comandantes de la Fuerzas Armadas (responsables de la defensa del país y de la seguridad nacional) y el General Director de Carabineros (policía chilena). Tras catorce años de militarismo, de opresión, privación y represión, se preparó la sucesión del general. En lista, el Pinochet mismo frente a la Concertación de Partidos por el No, es decir una agrupación de 16 partidos políticos opuestos al régimen dictatorial. El 5 de septiembre de 1987, a las 11 de la tarde, por primera vez, la palabra está dada a la oposición.

La película escrita por Pedro Peirano y dirigida por Pablo Larraín cuenta, en las vísperas del plebiscito, la subida y el triunfo de la opción “no”. Unos publicitarios especializados en videoclips comerciales se meten en la campaña política. Con pocos recursos pero gracias a métodos innovadores, el joven Saavedra y su equipo inventan una estrategia audaz para liberar el país aun los hombres de Pinochet ruedan.

El respecto escrupuloso de lo que fue la puesta en marcha de estas 15 minutos de programa propagandista está innegable. Lo interesante de la película es la multitud de visiones ofrecida a la memoria. Por un lado se nos presenta la memoria torturada por el horror de la dictadura y la instantaneidad : estas mujeres que perdieron un esposo, un hermano, un hijo y que llevan con dignidad sus retratos para que no se les olvide, estos políticos, veteranos de un pasado perdido, estos presos políticos amplios de deseos de venganza, de justicia. Y por otro lado, hay la visión de la nuevas generaciones, menos radicales pero tan afectadas como René Saavedra. Sin olvidar, el homenaje rendido por la película misma al Historia chilena : deber de memoria, critica del régimen, amargura, y tomada de distancia.

Nos lleva en el universo superficial de la publicidad, revelándose ser el accesorio indispensable a la lucha por la libertad. A la realidad histórica apoyada por imágenes de archivos o reales protagonista del episodio, se mezcla una toma de posición : el ridículo de la situación superado por otra. Es decir, una dictadura extenuada por el aislamiento internacional, un tradicionalismo desmesurado y el militarismo frente un videoclip superficial y cursi que se revela el arma de la democracia. Sin embargo, se le puede reprochar una caricatura de los personajes : el héroe salvador, los políticos reaccionarios y cerrados, el malo manipulador o la feminista inconsciente. La Historia se transforma finalmente en una historia, romanzada y personal para que la película no se transforme en un curso moralizador.

Chile, la alegría ya viene.

 

 

Chile, 1988: tras quince años de palabras sometidas a la voluntad del poder, un equipo de publicitarios de oposición tiene la oportunidad de servirse del poder de las palabras; en vista del plebiscito convocado por Pinochet (1915-2006) al fin de legitimar su gobierno a los ojos de la opinión pública internacional, ocasión en la cual la población estará llamada a elegir entre si quiere “sí” o “no” la continuación del régimen, quince minutos diarios de propaganda televisiva están acordados a cada facción. Durante dos semanas, la franja del “no” beneficia de un cuarto de hora para intentar convencer los electores a acabar con la dictadura; los del “sí”, representantes del  poder, tienen el mismo cuarto de hora… más todo el tiempo restante.

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La batalla mediática parece perdida antes de su comienzo: los encargados de realizar la campaña del “no” están seguros de su derrota frente a un referéndum concebido para confirmar la superioridad de la derecha con respecto a una multitud de partidos de oposición fragmentarios; se ponen así más bien el objetivo de “crear conciencias” que el de ganar, lo que les lleva a centrar el contenido de su micro-espacio televisado en el horror de los crímenes cometidos por el gobierno Pinochet y en el dolor de los familiares de las víctimas.

Pero Sin embargo un joven y exitoso publicitario, René Saavedra (Gael García Bernal, tan bueno como en Diarios de motocicleta), se opone a este tipo de campaña en favor de otra más ligera y atractiva, en la que se ofrecen al público imágenes de joya escandidas por el jingle “Chile, ¡la alegría ya viene!”; gracias a él y contra toda expectativa, la izquierda consiguió la victoria en el plebiscito, lo que marcará la caída del general y el término de la dictadura. Es una historia dentro de la Historia, el trabajo de un hombre y la (r)evolución de un País.

Por otro lado, esta colaboración entre publicidad y política no es exente de tensiones: el hecho de que Saavedra conciba la democracia como un producto que ha de ser vendido, y que a este fin entente convertir el concepto en algo divertido y agradable para el espectador, haciendo pasar el mensaje de que los sostenedores del “no” tienen una actitud despreocupada frente a la violencia del régimen, no le gusta a los políticos de izquierda. Estos últimos no se reconocen, de hecho, en una campaña que le enseña imágenes de una joya inexistente a un Chile que está de luto desde quince años; no se dan cuenta de que los símbolos escogidos por Saavedra juegan el papel de prefiguraciones de lo que el pueblo chileno podrá obtener, mejor de lo que está llamado a obtener, votando “no” en el plebiscito.

La película misma parece seguir una lógica idéntica, lo que, visto el resultado (Art Cinema Award en Cannes 2012, nominación al Oscar 2012 como mejor película de habla no inglesa), es perfectamente legítimo: supuestamente en el intento de que el mayor número posible de personas llegue a conocimiento de una historia que merece la pena conocer (aunque, se puede conjeturar, simplificada, ya que no se trata de un documentario sino de un drama), a través de una película que merece la pena  ver, se propone el papel de protagonista a un actor no chileno, sino ante todo guapo y famoso; su cara al lado del arcoíris en los carteles de No no es la del único actor latinoamericano, sino del más atractivo para el público (internacional), como la democracia no es era en 1988 el único régimen posible para Chile, sino el que la gente quería.